SE DICE QUE…

Los niveles de violencia en el Estado de México son de horror, pero a fuerza de costumbre la gente ha prevenido vivir con miedo. Aquí nadie está a salvo, la gente común es víctima de la delincuencia ordinaria y, las elites, de la delincuencia organizadas. La sensación de inseguridad en las calles es terrible. En todas las familias está ese miedo a perder a alguien, que no regresa a casa. el asesinato del diputado federal con licencia, Francisco Rojas, y la tardía, casi indiferente reacción del poder frente a la pérdida de unos de los suyos, advierte que algo se ha podrido. Depredadores sociales se han apoderado de los espacios públicos y el gobierno nada más no puede con el paquete. La delincuencia y la impunidad  tienen arrodillado al pueblo.

En cualquier lugar del mundo civilizado un asesinato provocaría azoro, repugnancia, indignación, pero se trata del homicidio de alguna figura pública o representante popular, sería una crisis. Pero aquí no pasa nada, la normalización de la violencia ha roto el tejido social. Es lamentable que el fiscal de Justicia guarde ominoso silencio frente a la muerte del diputado Francisco Rojas, que Alejandro Gómez mantenga públicamente una insolente indiferencia, como si no pasar nada. Si no atrapan prontamente a los matones tendría que renunciar.

No hay un soló elemento sólido de prueba para sostener que el asesinato del diputado rojas sea un crimen relacionado con su actividad política o trabajo legislativo. Las principales líneas de investigación se centran en su actividad empresarial y en su vida privada. Francisco Rojas, además de político, era un empresario del transporte que había acumulado una enorme fortuna, pero también una gran cantidad de enemigos, algunos asociados a la mafia.

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